
Por: Jackeline Guerra Gómez, PhD.

En Colombia, un país con más de 1.600 ríos principales (Minambiente, 2024), los ríos hablan pero nadie los escucha.
Ahora se inundan los humedales, las ciénagas, los valles y las sábanas, porque cuando los ríos hablan, nadie los escucha.
Y como nadie escucha, el río entra silencioso por debajo de las puertas y reclama su espacio. El agua de pronto encuentra lugares conocidos y decide instalarse.
Ahora aquella que fue ignorada, canalizada, contaminada y luego tratada, vendida y también comprada, decide que no son suficiente los pequeños canales y las grandes represas donde decidimos alojarla.


Entonces los ríos gritan, se cansaron de ser ignorados y ahora llegan sin anunciarse. Y en solo unas pocas horas terminan con la vida de cultivos, animales y personas.
Aquellas aguas que algún día fueron claras se han mezclado con la muerte y el hedor humano y de pronto, las casas que antes estaban llenas, ahora no tienen nada.
Hemos dejado de escuchar a la naturaleza, cada día somos más ajenos a ella. Hemos silenciado a los indígenas cuidadores del territorio y donde alguna vez hubo selva ahora tenemos ciudades y pueblos verticales cubiertos de concreto.
Bajo el agua están la mojana, Cordoba, Antioquia y Nariño, más de 100 municipios del país se encuentran en emergencia ambiental y mientras hablamos de ayudas humanitarias, albergues y reubicaciones el rio habla, grita y habita.


¿Será entonces el momento de escuchar?
Es necesario escuchar a indígenas, campesinos y habitantes de los territorios con el fin de comprender su relación con el entorno. Escuchar y respetar todo aquello que tiene vida para relacionarnos de una forma adecuada.
Quizás aún tengamos una oportunidad de reivindicarnos con el planeta. Mientras tanto, alzo la voz por los ríos que se cansaron de no ser escuchados y por las personas en los territorios afectados.
